Carter acabó saliendo de Chapters

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Carter acabó saliendo de Chapters, sin Mike.

 

–                    Vaya un amigo más amable y solidario has sido –dijo Mike, hojeando algunas fotocopias mientras esperaba al gerente.– ¿Cuál es tu excusa? Me aseguraré de recordarla la próxima vez que necesites un trago.

 

Carter no dudó siquiera.

 

–                    Cosas importantes que hacer. Investigaciones.

 

Un código ligeramente velado para “Necesito acosar el Facebook de cierta persona ahora mismo así que necesito ir a casa para entrar en Internet porque mi móvil es tan avanzado como un walkie-talkie”.

 

Mike no captó la indirecta de Carter y Carter no se molestó en explicarla.

 

–                    Te lo compensaré –añadió–. Pero ahora no.

 

Y con eso, se apresuró en volver a casa.

 

Las prioridades parecen cambiar cuando las hormonas están involucradas, y las de Carter habían estallado desde este descubrimiento. Era como una floración de algas, el resurgimiento de la esperanza y una cura potencial a su abstinencia forzosa. Sí, había alguien ahí fuera que posiblemente estaba tan desesperado como él.

 

Carter no sabía mucho de Adrian, pero no podía creer que no hubiera caído en la cuenta de que era gay. El número de chicos fuera del armario en su escuela era reducido, sin importar su curso, y Carter siempre había asumido que sus contactos le proveían de una estadística bastante precisa de sus filas.

 

Cómo se le había escapado Adrian no podía saberlo. No es que se conocieran especialmente bien, pero Carter contaba con que podría haberse enterado de la homosexualidad de Adrian de una forma u otra.

 

Pero quizá sus círculos sociales simplemente estaban demasiado alejados. Amigos diferentes, intereses diferentes.

 

Al final resultó que no estaban tan separados como podrían estar.

 

Cuando Carter llegó finalmente a su casa y se conectó a Facebook, quedó ligeramente asombrado al descubrir que no uno, sino hasta 14 de sus más o menos 300 amigos virtuales eran amigos comunes de Adrian. Si bien esto desconcertó aún más a Carter, le dio acceso al perfil que de otra forma le habría estado vetado.

 

Carter hizo una inspección preliminar. Soltero, buscando, y había marcado su atracción por los varones en su página principal. No solo eso, sino que acorde a dicho perfil era miembro del Centennial Musical Theatre, el club de teatro musical.

 

 

 

Carter tuvo que dejarse caer en el respaldo de la silla al ver eso. Repiqueteó los dedos sobre el escritorio, preguntándose cómo su círculo de cotilleos había fallado hasta tal punto que un chico públicamente gay, soltero interesado y que hacía teatro se les había escapado de su radar colectivo.

 

Tuvo la tentación de mensajear a toda su red de contactos. Debería daros vergüenza. Pero no lo hizo. Tenía otras cosas que hacer, incluído registrar el perfil de Adrian en busca de más información. Similitudes. Algo que pudiera ser útil en una conversación.

 

Y justo en ese momento fue cuando la puerta crujió y Carter pudo oír a su hermana escabulléndose dentro de la habitación. Carter cayó en la cuenta, demasiado tarde, de que su cabeza no era lo suficientemente amplia ni cuadrada para bloquear completamente la pantalla de la vista de su hermana. Le dio un puñetazo al botón que apagaba la pantalla y se giró por completo para encarar la mirada maliciosa de su hermana.

 

–                    Espiando un facebook, ¿eh?

 

–                    Por qué. Estás. Aquí.

 

Tenía en la mano un cartucho de DS.

 

–                    Recuperando mi Pokémon de tus garras. Pero parece que he interrumpido algo más…

 

–                    ¿”Potencialmente interesante”?

 

Rebecca sonrió, desfiló haciendo cabriolas hasta la cama y tomó asiento.

 

Como muchas de chicas de trece años, Rebecca no cumplía con la imagen de hedonista rata de centro comercial que se suele asociar a las chicas de esa edad. Era más del tipo intelectual. Una polemista incipiente en secundaria. Votada en su libreto de graduación de sexto grado como “Probable descubridora de nuevas clases de hongos”. Ligeramente adicta a Harry Potter.

 

–                    Pero más en consonancia con el estereotipo, disfrutaba hablando de chicos. Un montón.

 

–                    Bueno… –dijo, balanceando un poco las piernas– háblame de él.

 

Carter se recostó en su silla.

 

–                    Es gay, tiene diecisiete y es soltero. –Rebecca silbó.

 

–                    ¿Rayo de esperanza, pues?

 

–                    Carter estaba intentando no sonreír, pero al final no pudo contenerse.

 

–                    Eso parece.